La tensión en el Estrecho de Ormuz, la caída de exportaciones rusas de diésel y el encarecimiento del Brent mantienen la presión sobre los combustibles
Ormuz y Rusia vuelven a tensionar el suministro
El mercado mundial del petróleo vuelve a moverse en un escenario de elevada inestabilidad. La subida de los precios del Brent y el WTI, la interrupción parcial del tráfico de petroleros por el Estrecho de Ormuz y la suspensión temporal de las exportaciones rusas de diésel han devuelto la volatilidad al mercado energético en plena temporada de verano.
El equilibrio que el mercado intentaba recuperar tras meses de tensión vuelve a estar amenazado. El Brent pasó de 72,5 dólares por barril el 3 de julio a 85,5 dólares el 17 de julio, lo que supone un incremento del 18% en apenas dos semanas. En el mismo periodo, el WTI alcanzó los 80,1 dólares por barril, tras avanzar un 16%.
Una interrupción en una ruta estratégica o una decisión de uno de los grandes productores puede provocar movimientos significativos en el precio del petróleo y de los combustibles, con consecuencias que terminan trasladándose al transporte, la logística, las empresas y el consumidor final
El Estrecho de Ormuz continúa siendo uno de los principales puntos de riesgo para el suministro energético mundial. Cualquier alteración del tráfico de petroleros por esta vía estratégica repercute rápidamente en las cotizaciones, debido al volumen de crudo que transita por ella hacia los mercados internacionales.
La recuperación del tráfico por Ormuz resulta clave para aliviar la presión sobre el mercado, especialmente porque las exportaciones de algunos productores de Oriente Medio todavía se encuentran por debajo de los niveles anteriores a la crisis de finales de febrero. Las interrupciones elevan las primas de riesgo, encarecen los fletes y obligan a los compradores a buscar cargamentos alternativos.
A esta situación se suma Rusia, que suspendió sus exportaciones de diésel el 8 de julio, con una prohibición inicialmente prevista hasta el 31 de julio. La medida tiene especial relevancia para Europa, donde el gasóleo ruso había desempeñado un papel importante en el suministro de productos refinados.
Los envíos de productos refinados desde el Golfo se mantienen por debajo de la mitad del ritmo anterior a la crisis, mientras que las exportaciones rusas de diésel se han reducido aproximadamente a la mitad desde junio. Esta combinación ha reducido la disponibilidad de gasóleo y ha elevado los márgenes de refino, evidenciando que la tensión afecta tanto al suministro de crudo como a la disponibilidad de combustibles terminados.
Un equilibrio pendiente de decisiones clave
La evolución del diferencial entre los principales indicadores también refleja las diferencias regionales del mercado. La brecha entre el Brent y el WTI aumentó de 3,4 a 5,4 dólares por barril, una señal de que las dificultades de suministro están afectando con mayor intensidad a los mercados europeos y atlánticos.
Las refinerías europeas están desplazando parte de su producción hacia el diésel, reduciendo el peso del combustible destinado a aviación ante el atractivo de unos márgenes del gasóleo que rondan los 70 dólares por barril. Sin embargo, esta respuesta de las instalaciones de refino no es suficiente para eliminar de forma inmediata la tensión sobre el mercado.
Europa también está compitiendo con Turquía, el norte de África y Brasil por cargamentos alternativos de diésel, especialmente procedentes de Estados Unidos. Esta competencia por el producto disponible incrementa los costes de suministro y añade presión sobre los precios finales que afrontan empresas, transportistas y consumidores.
Las próximas semanas serán determinantes para conocer la evolución del mercado. Los operadores estarán pendientes de si Rusia levanta o prolonga el veto a sus exportaciones de diésel más allá del 31 de julio y de si el tráfico de petroleros por el Estrecho de Ormuz recupera la normalidad.
La situación vuelve a demostrar la fragilidad del equilibrio energético internacional. Una interrupción en una ruta estratégica o una decisión de uno de los grandes productores puede provocar movimientos significativos en el precio del petróleo y de los combustibles, con consecuencias que terminan trasladándose al transporte, la logística, las empresas y el consumidor final.